martes, 4 de noviembre de 2014

Catarsis Pluvial



Me gusta la nostalgia fiel consorte de la lluvia,
me resulta una dulce compañera.
Te armas invernal caballero para resistir la intemperie
y son tu abrigo y bufanda, lanza y escudo contra Bóreas el inclemente
quien sopla sin descanso a todo valiente
que se atreva dejar la manta y la tele.

Sales a la avenida, efímeros duendes de vaho emergen de tu boca
jugando etéreos en el aire evocando ideas, sólo para disolverse
acribillados bajo una tromba de balas que infatigable cae del cielo.
Pasan coches por la calle trazando lineas con sus faros
estallando en mil destellos de otoñal pirotecnia
y apetece pasear por la avenida jugando a buscar refugio,
sonrisas cálidas y una taza caliente por brasero
para fundirla abrazada entre los dedos.

Abriendo el paraguas empezás a andar intermitente,
clavándote como poste en cada escaparate que te cruza,
pues los escaparates se hicieron para días lluviosos,
es sólo que lo hemos olvidado;
las diminutas gotas que hacen piña como un sutil rebaño
deslizan por la cristalera en un éxodo de su vertical prisión
y tras ellas, tímidas luces de un teatro miniatura
iluminan los adornos que escogidos con esmero
se vuelven miel para las curiosas abejas, embelesadas acercándose a observar.
Adornos, que guardan el poder de arrastrarte a tu infancia,
cuando amotinado soltabas la mano de tus padres corriendo a
maravillarte ante el colorido espectáculo aspirando estupor.

Abrazando los cielos despides el guarda lluvia,
por un breve momento te olvidas de la compra, del trajín y las prisas,
del frenético ritmo de vida que adoptaste
el día que decidiste ya eras mayor.
Colándose por tu cuello una gota kamikaze intenta frenarte
y en su escalofriante suicidio asoman los recuerdos de tu primer hogar,
perdido lejos en la memoria de una mente ajetreada por el día a día:

¡Que acogedora era la casa! ¿os acordáis del crepitar de la leña?
sus aromas serpenteando desde la cocina
donde mamá probaba sin convencerse el caldo
que preparaba con más amor que ingredientes
y el abuelo roncando en el sofá frente a una televisión
que sin público ni vergüenza alarmaba cosas de grandes,
pues nosotros, los niños, estábamos demasiado liados,
seducidos mirando tras la ventana un mundo
que mudaba de piel a cada partícula que alimentaba la tierra
o pintando de alientos e índice paisajes fantásticos en el cristal.

Todo cobra renovado valor bajo la lluvia,
oculta una mística inherente a ella,
será quizá que el voluntario sacrificio de purificarse en su abrazo,
de luchar contra los elementos acabe por recordarnos cuan frágiles somos,
aportándonos gota a gota una pizca de humildad.

sábado, 23 de agosto de 2014

palabras olvidadas

Las palabras se acumulan polvorientas en un cajón olvidado de mi escritorio, esperando relucir en su mejor momento como collar de perlas heredado. Impacientes se cuelan en mi consciencia taladrándome el cráneo con sus etéreas voces -úsanos, danos vida- me piden mientras mi mente vaga intentando aferrarse a emociones que las hagan reflotar. Pero ¿qué siento? cómo lo siento? Si bajo este rostro aparentemente sereno irradian fuego devorador y tormentas tropicales, vorágine de memorias fragmentadas recoriendo pasajes de mi infancia, presente y futuro, entremezcladas con dudas, fantasías y un pizca de sensata locura para aguantar este caos con mucha menos elegancia de la que quisiera...

Lo único que está claro esque soy un completo desastre.