Hay una lección para la que nada ni nadie puede prepararnos, y es el desapego.
¿Te acuerdas del día que nos conocimos? Eras una bolita desaliñada de pelos y llanto, patilargo y felpudo. Te pasaste el trayecto del autobús berreando desde el interior de la caja de cartón/transportín que improvisé para traerte conmigo. Yo tosía intentando disimular tus maullidos sin convencer a nadie, por poco nos echan a medio camino —no tenía idea que te podían denegar llevar mascotas en un transporte público.— De pequeño eras tan asustadizo que me acostumbré a llevarte a dormir a mi cama; apoyabas la cabecita sobre mi cuello y ahí te dormías con tu diminuta sinfonía motora retumbando en mi regazo. Estuviste con nosotros desde el primer mes que salimos del valle, dispuesto a adornar nuestra nueva vida en la vieja casa de Cabanillas —la antigua casona estaba hasta arriba de salamanquesas, necesitábamos a alguien que las espantase, esa fue la principal razón de adoptarte pero nos has dado tanto amigo, muchísimo más que eso—.
Me enseñaste el valor de la compañía, la más simple y pura compañía, sin adornos ni serpentinas. Sólo estar ahí y salvar de la soledad a quien se siente abandonado. Sabes? La palabra compañero proviene del latín con-panarĭum; esto quiere decir, compartir la cesta del pan. El pan de cada día, las cosas cotidianas, y eso es exactamente lo que has hecho por mi. Hemos pasado por tantas cosas juntos compañero. Estuviste con nosotros cuando nos independizamos, con nosotros te quedaste cuando se vino a vivir Tatiana y me acompañaste durante el duelo de nuestra caótica ruptura. Ahí estabas el día que implosioné y fuiste mudo testigo y escolta de mi renacer. Te viniste a Buitrago cuando clausuramos la casa-cueva, vigilando celoso mi nueva habitación —ni un sólo día pudieron las perritas de mamá colarse, ahí estabas para proteger nuestro nuevo espacio.— Cuando volvimos a la cabrera hace unas semanas, ya traías aspecto preocupante. En un principio pensé que se debía al estrés de la mudanza y el haber estado los últimos meses encerrado —nunca te gustó la casa de Buitrago, pasabas el día metido en mi habitación.— Llevamos más de dos semanas luchando contra la cruel hemobartonelosis y lejos de aguantar veo como día a día nos gana más terreno, siento que estoy remando a contracorriente. De verdad que no me importaría seguir endeudándome, el problema es que esta enfermedad, tan implacable como las lluvias del litoral de Valparaíso, es un torrente que te está arrastrando cada día más.
Siempre has sido un quejica, te has pasado la vida siguiéndome a todos lados exigiendo atenciones. Ya ni siquiera eso me has dejado, hace semanas que te fuiste, ahora lo sé. No quería verlo, lo presentía pero no quería verlo. Ya sólo queda una carcasa de ojos vacíos, la sombra de lo que un día fue mi silencioso compañero de las horas muertas. No te mereces este sufrimiento colega, empapado en tu propia orina y demasiado débil como para mantenerte en pie. Vales mucho más que esto. No puedo retenerte, por mucho que intente forzarte a comer y llenarte de píldoras e inyecciones no puedo. Te has ganado a pulso la dignidad, no está en mi mano salvarte, tengo que ser fuerte y dejarte ir.
La veterinaria me permitió traerte a casa para pasar la última velada juntos, y aquí estamos, tú sobre mis piernas como tantas otras noches de reflexión, pero esta es una lección amarga, tan necesaria como agria. El desapego es la última enseñanza que me dejas amigo; me está costando tanto que se empapa tu pelaje con mis lágrimas mientras intento recomponerme y ordenar mis ideas en medio de la vorágine de recuerdos y emociones que me asaltan. Sé fuerte compañero, por la mañana se habrá acabado todo, pero no te habrás ido, no del todo, porque sé que te quedas conmigo.
Muchas gracias por todo Chester.






